SABATINAS INTEMPESTIVAS

 

Adiós a Colombres (I), de Gregorio Morán en La Vanguardia

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Soy consciente de que estos artículos colombrinos son de los más tristes que he escrito en mi vida. Llevo un par de meses posándolos, tratando de encontrar un tono preciso, amable y sobre todo distante. Siempre escribimos de nosotros, aunque tratemos de Afganistán o Paraguay. El asunto es muy sencillo, me echaron de Colombres, ese lugar que era paramí la referencia permanente de la tranquilidad, el recurso que uno tiene cuando no le llega el sueño y debe pensar en algo que le sosiegue.

Un buen amigo no sin sarcasmo me lo advirtió cuando leyó las tres sabatinas últimas dedicadas a Asturias. “Te echarán”. No le creí. Quince años no podían borrarse de un plumazo, pero fue así. Todo legal, ninguna presión, apenas alguna palabra de sorpresa y esa sensación que tiene uno cuando sabe que aquello que se dice no tiene nada que ver con lo que se piensa. La omnipresente mafia socialista del Oriente de Asturias me puso en la calle en un impecable comportamiento del mercado. La casa que yo ocupaba podía rendir bastante más de lo que yo pagaba. Costaba creerlo pero era fácil de entender. Alguien, el alcalde, le había susurrado a la dueña: “Puedes sacarle más partido a esta casa. Yo te ayudaré”.

La verdad es que me lo habían advertido, te echarán y lo harán de un modo que no tengas ninguna posibilidad de reaccionar. Atrás quedaban las promesas y los elogios. “Mientras yo viva tu seguirás en esta casa”, decía el marido de la dueña, socialista de carnet posfranquista y calzonazos de por vida. “Eres como de la familia”. Palabras, que si aparece un Padrino, se borran con una insinuación: “Te voy a hacer una oferta que no podrás rechazar”.

Es una historia, sencilla, nada trascendental pero con cierto valor de metáfora. Colombres es un pequeño pueblo asturiano, en la linde con Santander, que apenas alcanza los mil habitantes en todo el concejo, denominado Ribadedeva. Lo escogí hace quince años porque me gustaba el lugar, frente a la sierra de Cuera, con una montaña mágica, Pico Jana, que comparé por complacencia provinciana, y porque al fin al cabo los montes son los símbolos de nuestra trascendencia, con el japonés Fuji. Hasta hicimos un libro el pintor santanderino Eduardo Sanz y yo, a partir de Hokusai, el Grande, en una humilde evocación pictórica-literaria (No es publicidad, porque no se vende).

Yo llegué a Colombres un 21 de marzo de 1997 en un taxi, un mercedes blanco modelo antiguo, digno de un torero, que conducía Miguel, un tipo serio y sereno, más amante de los animales y de los árboles que de la humanidad que le circundaba. Llegué a ser un cliente fiel, aunque poco hablador, y tuvo el gesto de regalarme un árbol, el que yo quisiera. Le pedí una higuera, porque forma parte de la infancia imposible; un árbol que permite que los niños trepen y cuyo fruto es regalo de los dioses. Lo plantó él mismo donde yo le dije y la higuera quedó allí, espléndida, exuberante. No hay árbol que se pueda comparar. La higuera es la reina. Quería que le hiciera compañía a un acebo, que planté yo mismo, el rey. ¡Qué le vamos a hacer, pero la naturaleza tiende a la aristocracia! Fue una llegada triunfal y algo cómica.

Descendí en el autobús que me dejó en Unquera, territorio cántabro y fronterizo con Asturias, y allí tomé el taxi que me acercó a Colombres, apenas tres kilómetros. Siempre había soñado con alquilar una casa en Colombres, una querencia; me gustan los pueblos de frontera y recordaba de épocas pasadas un lugar donde el principal comercio y restaurante, a la manera antigua de los ultramarinos, se llamaba La Barata. Entonces no había otro hotel que el modesto Pico Jana, donde reservé habitación, en un gesto excéntrico porque no había ningún otro huésped.

Llegué a mediodía y entré con mi bolsa de viaje, ante la perplejidad de los parroquianos que poblaban el bar y que se preguntaban a qué carajo venía aquel tipo con sombrero –el sol me mata– y en fecha tan inusual. Cuando bajé al restaurante y ocupé una esquina, el escaso personal seguía mirándome con la misma curiosidad que a un marciano. Sólo la amabilidad y soltura de la dueña, una dama inolvidable a la que luego vi morir, la más amable y servicial persona que conocí en Colombres, me hizo revelar el falso secreto: “Busco una casa para alquilar”.

No sé si ustedes recuerdan aquella hermosa película de Cacoyannis, Zorba, el griego. Reconozco que me parece mejor la novela de Kazanzakis que la inspira, pero el filme es muy bueno e Irene Papas está soberbia y la putilla Hortensia (Lila Kedrova, carne de teatro) encandila. Pero me sentía como el personaje que hace Alan Bates, un señorito que llega buscando sosiego con unas cajas llenas de libros, al que Anthony Quinn, Zorba, adopta y ayuda. Me faltaba, y es pena, la música de Theodorakis que hubiera embrujado el ambiente.

No encontré nada. Todas las referencias que pude conseguir sobre casas en Colombres, fueron fallidas. Las pocas que había eran espantosas, construidas y decoradas con un mal gusto irritante. No había nada que mereciera la pena, pero cuando volví al hotel, decepcionado, la buena de mi hospedera me dijo que había una casa, pegada a la suya, que pertenecía a una compañera de colegio que la había alquilado hacía mucho tiempo al médico del pueblo y que estaba abandonada. Fue entonces cuando me dijo las palabras premonitorias. “Antes de llamarla, puede usted ir a ver el sitio, y me dice si le gusta”.

Estaba en el cotero, designación que en Asturias indica la parte alta de un pueblo.Era uno de esos días insólitos de marzo, bellísimos, donde el cielo luce azul impecable y el sol se muestra arrogante. Era marzo. La casa, humilde y cerrada, no la pude ver, pero al acercarme al borde del prado que había delante contemplé extasiado las cuatro filas de los Picos de Europa cuando se juntan con los cántabros, y sobre todo esa inigualable arquitectura cónica de Pico Jana, extremo oriental de la sierra de Cuera.

Allí me quedé. Me importaba un carajo la casa, pero aquel paisaje cuya espalda daba al mar, a la bahía de La Franca y al farallón de Pimiango, allí donde de pequeños, asturianos paletos, pensábamos que terminaba el mundo, me atrapó. Aquel lugar era un privilegio. Es verdad que luego dejó de serlo porque construyeron adosados y ya no se veía ni el mar, y Pimiango apenas, pero entonces, cuando yo llegué, tuve la misma impresión que Alan Bates en Zorba, cuando pisa la isla que será su gozo y su ruina.

Qué hermosa es la vida cuando muestra su cara amable y qué ruin cuando se da la vuelta. Aquella misma tarde llegué a un acuerdo sobre aquella casa abandonada que tenía delante un pequeño prado, sin más plantas que una yerba hirsuta y un miserable tronco de ciruelo quemado, que usaban para asar sardinas. Era un espacio singular, con tres propietarios, dos hermanas que se detestaban, y un varón soltero y marino, al que ellas esperaban ansiosas verle morir para quedarse con su parte. Pero aquel paisaje frente a las montañas, con un valle discreto donde posaban las becadas y se abría al conjunto de la sierra de Cuera, me encandiló. Allí iba a pasar quince años.

No sé si los más productivos de mi vida, pero sí soy consciente de que fueron los más intensos. Colombres se convirtió en aquel lugar donde uno soñaba cuando no estaba allí. Aún recuerdo el día en Moscú que me enteré del accidente de un autobús de niños que se había estrellado en una de esas carreteras, hechas para la muerte, del Oriente asturiano. Eran de Colombres; un puñado de adolescentes que iban de madrugada a su instituto en Llanes.

Escribí una sabatina –¿noviembre de 1998?– que no he vuelto a leer. Aquella pequeña población del Oriente asturiano, abandonada de todo lo que no fueran los suyos, sufría la sangría más dolorosa, la de esquilmar a la exigua generación que venía a sustituirles.

Aún Colombres era un pueblo, digno de vivir y digno de gente. Pero la ola, en forma de burbuja y mafia, se llevó casi todo.

Adiós a Colombres (2), de Gregorio Morán en La Vanguardia

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Vivir en un mismo sitio durante quince años da para mucho. Cuando yo llegué a Colombres en 1997 era un pueblo sencillo con cierto aire señorial, pocos habitantes, una fuerte herencia colonial, gracias a la que muchos sobrevivían. Un pueblo de indianos, que se dice en Asturias, pero vivo; porque hay pueblos de indianos muertos, la mayoría. No puedo citar la lista de lugares en la Asturias oriental donde la vida se fue muriendo porque no se producía nada, se vivía de la subsistencia agraria y el remanente que había caído como un maná de México, de Argentina, de Chile o de Venezuela. Los indianos, es decir, aquellos emigrados pobres que se hicieron ricos en las Américas, formaron una mitología social que aún hoy está por escribir.

Si lo cuento así es porque mi descubrimiento de la falacia indiana posmoderna fue algo tan sencillo como ridículo. Si usted visita Colombres, a la vera de una autovía jamás terminada, en un paraje hermoso que mira a lo que ahora se denomina Cantabria, se encontrará con un edificio hermoso pintado de azul, en diseño también posmoderno, el que desarrollaron los socialistas en la era del dominio absoluto. Es el Archivo de Indianos.

Fue hospicio, hospital de soldados en la guerra civil, incluso campo de derrotados, pero su verdadera historia casi merecería una novela de esas que ganan los premios Planeta. La construyó un golfo pendenciero y jugador, amante cumplidor, que llenó México de hijos legales y menos legales, don Íñigo Noriega, que salió de Colombres con una mano delante y otra detrás, y que acabó en gran fortuna, desbordante de riqueza, y que murió mal, en Estados Unidos, entre exilios y un montón de descendientes y acreedores. De una tienda de abarrotes, hermosa palabra que designaba el comercio de ultramarinos, pasó tras una larga historia que ahora no viene al caso, a financiero de don Porfirio. El presidente Porfirio Díaz fue en México una leyenda y un castigo que duró más de tres décadas.

Colombres fue para mí un lugar ideal para trabajar. Las peculiaridades de nuestro trabajo llevan a que en realidad no tomas vacaciones, sencillamente cambias de lugar el ordenador. Es verdad que el invierno lo hacía muy difícil, porque la casa no estaba preparada y uno se pasaba medio día poniendo en marcha todo lo que pudiera evitar el frío: la cocina de carbón, la chimenea, la estufa eléctrica. Felizmente me enseñaron desde niño a encender una cocina de carbón, ejercicio artesano, nada fácil cuando no están bien construidas y falla el tiro; luego sucede que las ventanas no cierran bien y la humedad es como un virus que lo corroe todo. Pero puestos a la labor, se trabajaba bien. Además siempre podía uno recurrir al vecino bueno. Yo tenía un vecino bueno y otro malo. El bueno siempre estaba dispuesto a echarte una mano. Durante muchos meses mis artículos para este diario llegaron gracias a su teléfono. Aún recuerdo que había que sortear al perro, un pastor alemán que me olfateaba porque la casa estaba vacía y él ejercía de guardián, y debo confesar que carezco de sensibilidad hacia los animales, sean de cuatro o de dos patas. Tenía otro vecino, con una cuadra de vacas que gracias a las ayudas de la Administración convirtió en hotel rural, que llegó a negarme un tronco de leña, uno, en pleno invierno. “Nunca se sabe –diría después– de la gente de fuera”.

Se trabajaba bien en Colombres, admitámoslo, y como había terminado lo que me había comprometido a escribir, un día se me ocurrió presentarme en el Archivo de Indianos, ese edificio emblemático que hoy parece definir la villa. Lo había mandado construir Íñigo Noriega en los últimos momentos de la tiranía de don Porfirio Díaz, y estaba pensado como lugar ideal para su exilio, con cocineros franceses y mayordomos suizos. Pero don Porfirio prefirió el pavillon que había adquirido en los Campos Elíseos de París. Escogió París y desdeñó Colombres.

Yo quería saber qué era y qué contenía aquel Archivo de Indianos, en el que el Gobierno autonómico asturiano había enterrado tantos dineros. Tras larguísimas negociaciones me permitieron sentarme en una mesa y ver lo que tenían. No había nada, fuera de una tesis doctoral en francés, mecanografiada, que la autora, francomexicana, había enviado al Archivo en la creencia de que aquel era un archivo y no un comedero. Al segundo día de mi presencia allí, me echaron por orden del director, un personaje típico de aquella época, prolongada hasta ahora, que acumula servicios políticos, que no trabajos.

Yo creo que fue la experiencia del Archivo de Indianos, con su bello edificio y los hermosos jardines que lo rodean, lo que me hizo pensar que yo estaba viviendo en un mundo que desconocía. Aquel territorio mafioso. Una mafia que no necesitaba de violencia porque carecía de competencia y tenía la impunidad garantizada. El pueblo iba cambiando de una manera rara. Se construían casas para jóvenes, promovidas por el Ayuntamiento, que luego eran vendidas al mejor postor con absoluto desprecio de los aspirantes. Incluso se construyó una carretera, insólita porque recorría un paraje hermoso, cuyo único inquilino instalado era una mueblería, la del antiguo alcalde, “independiente” por el PSOE. Una especie de Padrino, bajito y con bisoñé. La última vez que nos encontramos, exactamente en la carretera que le habían construido para su uso y negocio, bajó la ventanilla de su gran coche para preguntarme: “¿Cómo anda de salud?”. Le respondí que bien, y me añadió mientras subía el cristal oscuro, como en una imitación pueblerina de don Corleone: “Si la salud va bien, todo va bien. La salud es lo único importante”.

De cuál fue la idea inicial del Archivo de Indianos no lo sé, pero que acabó siendo un lugar para saraos y festejos es una evidencia. Allí no se archivaba nada, sencillamente era una hermosa mansión para exhibir a los turistas veraniegos que no sabían dónde meterse cuando la lluvia hacía su habitual presencia, y al tiempo un sitio donde reunir y festejar a las comunidades asturianas de América; me refiero a sus gerifaltes, a los que se reunía como mínimo una vez al año para una fabada ancestral. Y allí también el eminente profesor José Luis García Delgado, economista egregio y descocado, cobraba su presidencia y sus representaciones, en su papel de diplomático frustrado, que siempre fue lo suyo; ni una idea, pero muchos elogios. Un comedero, al fin.

Pero es que el comedero afecta a la zona entera. El oriente asturiano es un benévolo territorio mafioso. Si tiene usted el hábito de caminar puede encontrarse la visión psicodélica de coches de alta gama que salen de cuadras desvencijadas, quizá porque ahora ordeñan las vacas en Maserati. “¿Y esa casa con foro romano y aire berlusconiano?”, me permití preguntar. “La dejó sin terminar el dueño, porque lo mataron en Barcelona”. Los fondos Feder de la Unión Europea fueron dilapidados en operaciones fraudulentas, cuyos autores podrían ir a la cárcel a menos que encuentren abogados que convenzan de que los delitos han prescrito.

Posiblemente se trate de un problema general vinculado a la subvención y el amiguismo, ese cáncer de los pueblos pequeños y de las grandes ciudades. El fulero que vende cotufas en el Golfo o en Brasil, que eso fue el famoso Niemeyer de Avilés, cuyo factótum, Natalio Grueso, huido de la quema y de la más que probable persecución de la justicia, hizo el tránsito del PSOE al PP en el tiempo que usted se toma un café y hace un par de llamadas. Pasó del presidente de la Comunidad, Tini Areces, puntal de la izquierda corrupta asturiana, a gran buda cultural del Madrid de Ana Botella, alcaldesa de la capital.

Salvador Dalí inventó una fórmula, adoptada por todos los trepadores culturales que hemos sufrido durante décadas: “Quien se hace mayor y usa el metro, es un fracasado”. Ahí está la mierda condensada que nos ha traído estas miserias.

 

Adiós a Colombres (y 3), de Gregorio Morán en La Vanguardia

SABATINAS  INTEMPESTIVAS

En Asturias, cuando éramos niños, cantábamos una canción popular que decía así: “No hay carretera sin baches, ni prao que no tenga hierba…”. Tardé muchos años en descubrir que la versión original no decía “baches” sino “curvas”, y que había otra opción, no menos sarcástica, que ni se refería a baches o curvas, sino al “barro”. Quizá todo se debiera a que en las carreteras de mi infancia abundaban el barro, los baches y las curvas. Los escasos habitantes de Bricia, una pequeña población vecina a Posada de Llanes, hay años que se permiten cantar la canción en la versión “baches” y otros en la tradicional. Depende de que el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, pase sus vacaciones allí, o no.

Este año de 2012 supieron que tendrían a tan ilustre visitante, un habitual de la zona de Llanes, porque el martes, 31 dejulio, las máquinas se encargaron de dejar la carretera como un jaspe, libre de baches y aseada como una novia. No había ocurrido lo mismo el año pasado, porque la situación del PSOE no permitió a Rubalcaba pasar su legítimo ocio en el lugar, y por eso ninguna máquina se acercó a eliminar los baches. Hubo que esperar al Deseado para que se cumpliera una necesidad ciudadana. Parece un chiste, pero fue así. Es verdad que esas cosas ocurrían en las épocas de Cánovas del Castillo, e incluso antes. Es sabido que Sagasta llegó a conseguir los400 votos del censo de Logroño. No le faltó ni uno, todos cumplieron. Si usted hiciera un censo riguroso de los resultados electorales en la circunscripción de Llanes, entendería por qué si llega Rubalcaba se arreglan las carreteras, y si no viene, no.

Eso explica, o más sencillamente ayuda a entender, por qué en Colombres un alcalde consiguió que habilitaran una carretera idónea para que las camionetas de su almacén de muebles lleguen, en apenas unos segundos, a la vía principal. Iban a construir docenas y docenas de adosados pero al final le sirvió a él. Eso explica, o más bien también ayuda a entender, porqué en un pueblo tan pequeño como un suspiro, existen tres oficinas de Información Turística, tres. Todas cerradas por diversas razones pero construidas sucesivamente a tenor de los gustos del responsable de la Información al Turista, cuyo mérito más notable lo explica él cuando se presenta: “Soy la pareja de hecho de la alcaldesa de Llanes”.

¿Qué puedes hacer para afrontar, en ciudadano libre, una situación así? ¿Denunciarla? ¿Dónde? ¿En los medios de comunicación? Los periodistas locales tienen mujer e hijos, y a lo mejor ella regenta una peluquería o un bar, que le podrían cerrar a la primera inspección de la autoridad edilicia. Lo fascinante de Sicilia, y que la diferencia de esta chumacera corrupción astur, es que la gente ha logrado sobrevivir y pelear y morirse, y crear una literatura brillante y crítica. Nuestros escritores locales están más allá de esas miserias. Pican más alto y no se meten en líos; incluso con su silencio les pueden caer bolos y galardones. Un periodista local en una población pequeña lo tiene muy difícil para salir indemne de un enfrentamiento con la alcaldía. ¡Excuso decir lo que ocurre en las grandes capitales!

Yo propondría que la buena gente asturiana y residentes locales en zonas como Llanes o Ribadedeva se animaran a colocar carteles que advirtieran que se trata de territorios al margen de la ley. No exagero una palabra, ni lo digo porque las baldosas urbanas las suministren parientes de la alcaldesa ni de la retahíla de irregularidadesque se han cometido y se cometen todos los días. Bastaría con decir que Llanes carece de Plan de Urbanismo desde hace años porque ha sido rechazado reiteradamente por los tribunales. Pero les importa una higa. Ganan las elecciones y por mayoría absoluta. ¿Acaso no ocurría en Marbella y en tantas otras localidades del Mediterráneo? Además, como no tienen a nadie que lo retrate, pasa absolutamente desapercibido. ¿Quién sabe en España qué fue “el caso Marea”, que llevó a la cárcel por corrupción a altos cargos de la administración asturiana? Nada. Es más, se gastaron cantidades astronómicas en publicidad de los grandes diarios, ahora que está tan contraído el mercado publicitario.

Hay que hacer como si no te enteras. No preguntes nada. Yo conocí tres alcaldes en Colombres. El primero, el Padrino local, es propietario de medio pueblo, comercios incluidos. Como se iba haciendo mayor y el negocio en general se hacía difícil, le sustituyó un chaval, economista, socialista de carnet, que se retiró a Washington, que parece otro chiste, pero no lo es. El alcalde socialista de Colombres después de otear el horizonte, que no le debió parecer bueno, decidió marchar a Washington, capital de Estados Unidos. El tercer y último alcalde que conocí, apenas si le vi un día y tendría dificultades para reconocerle, pero es hijo del primero. Este no es un independiente socialista, como su padre, sino un socialista militante. Abogado, y a su asesoramiento debo que me echaran.

Técnicamente fue muy sencillo. Una casa alquilada sin contrato -“cómo vamos a hacer contrato si somos gente de palabra”, dijo el marido de la dueña, veterano socialista–, pagada con talones nominales durante quince años, un verano vas y te encuentras que te hacen una propuesta sin posibilidad de rechazo. “Este verano no te cobramos, pero dejas las cosas de la casa, que compraste tú: los electrodomésticos y ese montón de cacharros que has ido acumulando durante quince años. Eso sí, te puedes llevar los libros y esas cosas que para ti pueden tener un valor sentimental”.

Desde el momento que tienes que desmantelar una casa donde has vivido durante quince años se te desmorona un mundo. Una mudanza sólo es comparable a un divorcio, aunque sea de catorce cajas y una lámpara. Una ruina. Has de encontrar dónde guardarlas porque tu casa no lo admite, y tu economía tampoco contempla un depósito lejano y caro, por tanto debes buscar un almacén de gente buena que te lo pueda guardar hasta que sepas qué demonios vas a hacer con todo eso que se te viene encima y que ni habías buscado ni tenías previsto. Te va entrando una indignación sorda, porque entiendes que llevaban meses pensándolo y sin decirlo, y vas recuperando en los días que te quedan, los detalles: esas flores que plantaron y que sabían expresamente que tú detestabas –los geranios, por ejemplo–, esas reformas que llevabas pidiendo desde hacía años y que ahora acabas de encontrar realizadas.

Y sobre todo esas sonrisas “de buen rollito”, como si te estuvieran haciendo un favor, una espléndida concesión, la de no pagar la estancia veraniega que habrás de reducir porque se te retuercen las tripas de sólo pensar que vas a verlos de nuevo yque esperan de ti que aceptes tu papel de despedido, porque la vida es así y ahora toca que te marches. Tardé en saber quién era el que asesoraba. La dueña no hacía más que referirse a su asesor, “el intermediario que nos vendió las fincas, el que me ha animado a las reformas y a sacarle más partido a la casa”. En los pueblos no hay secretos. El alcalde.

Lo más chocante siempre es ese halo miserable que le sale a la gente cuando desprecias esa fachada de conmiseración y de falsa bondad que siente hacia ti, porque están convencidos además de que eres idiota. Se están portando contigo con la benevolencia de los que saben de lejos lo que es la rapiña; esa gente capaz de cobrarle al hermano postrado en una cama de hospital el precio que les ha costado el autobús. ¡Bastante esfuerzo hago viniendo a verte!

Colofón. La dueña, irritada, ha enviado dos mensajes. El primero, herida porque “después de quince años ocupando (sic) la casa se merecían un adiós”. El otro, menos sentimental, echando a faltar “dos platos de la cocina, una palmatoria y una campanilla”. Somos así, lo que dejamos atrás nunca nos permiten recordarlo como un gozo. Siempre tiene que aparecer el lado siniestro de la vida. La codicia.

Noticias

   

    Italia acogera a más de 

12.000 EMIGRANTES

  del 14 al 16 de Julio 2017 !!

 

Haz lo que otros no hacen, salva una vida. Gracias en nombre de todos
Siente la diferencia entre tomar un café y salvar una vida. Gracias en nombre de todos.
Con pocos Euros y un par de clicks puedes salvar una vida hoy, si no lo haces es por que no quieres. Gracias en nombre de todos.
Cada 5 segundos muere un niño de hambre, no puedes salvar a todos pero por lo menos uno? Gracias en nombre de todos.
Para salvar una vida no hay mínimos, da lo que quieras. Gracias en nombre de todos.
En este App Store puedes salvar una vida con 99 centimos de Euro, pero si quieres puedes pagar 1 Euro. Gracias en nombre de todos.
Salva una vida y mirate al espejo, veras que diferencia. Gracias en nombre de todos.
Cuesta menos salvar una vida que una tapa, prueba este sabor. Gracias en nombre de todos.
Dona 1 Euro, gana una vida. Quien te da mas? Gracias en nombre de todos.
Para dar 1 Euro o 2, no hace falta pensarlo tanto. Gracias en nombre de todos.
El salvar una criatura de la muerte por hambre, no tiene precio. Aqui lo puedes hacer por un par de Euros. Gracias en nombre de todos.
MEDICOS SIN FRONTERAS - QUIERO HACER UNA DONACIÓN Save the Children

CRUZ ROJA Española - QUIERO HACER UNA DONACIÓN

wwf - QUIERO HACER UNA DONACIÓN