En recuerdo de mi visita a Juan Pablo II

                               Por esas circunstancias y coincidencias que en la vida te pueden situar en cualquier lugar donde nunca pensaste estar; yo me encontré a no más de dos metros de distancia del entonces joven papa, y cuyo reinado fue el tercero en duración de todos los papas católicos; junto a mí, mi esposa y nuestros tres hijos y unos cientos más de españoles, que fuimos recibidos “en visita privada”, en uno de los majestuosos salones del Vaticano, aquel veinticuatro de abril de 1981.

                                Y reitero lo arriba dicho de “circunstancias y coincidencias”; por cuanto aquel hecho y todos los demás de aquel congreso profesional, partieron de mi caletre, en una reunión de la directiva provincial, de la que yo era secretario; y ocurrió así.

                                Pertenecíamos una selección de profesionales del turismo provincial, a la organización internacional del “SKAL Club”; y como pertenecientes al nacional de España; del que precisamente aquel año se conmemoraban “Las bodas de plata de la Federación Española de los Skal Clubs”. Y como tal evento y a organizar por “la crema de los profesionales del turismo español”, se quería fuese algo original y grande; no se sabía cómo organizar ello para llegar a ese pretendido grado.

                                En las muchas reuniones que se celebraron; en una de ellas, nuestro presidente provincial Sr. Tejedor; nos expuso todo ello y que partía del “nacional”; pidiendo sugerencias o ideas concretas para aportarlas a Madrid en una próxima reunión.

                                En aquella reunión yo expuse algo que les pareció insólito de momento, pero que matizado por mí; luego fue aceptado y ejecutado tal y como yo lo expuse en extracto; puesto que mi idea fue sencilla… ¿Y por qué no lo celebramos en el mar? ¿En el mar? Respondieron asombrados.  Sí, en el mar; alquilamos un trasatlántico y montamos un congreso itinerante y todos los factos los celebramos sobre el mar; no sólo nosotros sino dando cabida a nuestros hijos para hacerlo de forma familiar. Fue mi conclusión.

                                Así, se hizo y se alquiló el “Enrico C”; un gran barco en su época y con el que hicimos un crucero por el Mediterráneo; visitando Córcega; Civitavecchia-Roma; Nápoles-Pompeya, Túnez-Cartago y Barcelona; puerto de salida y llegada; crucero que fue celebrado de los días 21 al 27 de abril de 1981; y que resultó inolvidable por muchos motivos; en especial por cuanto lo conformamos empresarios de hostelería; y por ello, “la hostelería del barco”; se esmeró todo lo indecible; si bien y para que no faltara nada de las emociones marinas; hasta tuvimos una tormenta de esas que nadie desea experimentar, la que nos azotó de regreso de Túnez a Barcelona.

                                De aquel viaje, hice tres pequeños trabajos y que están insertados en mi libro “Monólogos en la Radio”; fueron los titulados; “Boceto a Roma, vista a la luz del día; Visita a Pompeya y En las ruinas de Cartago”. Pero volvamos a la visita al papa.

                                Llegados muy temprano al puerto de Civitavecchia y tras el desayuno; no esperaban ya en el muelle, una caravana de autocares, en los que fuimos trasladados a Roma; con el tiempo justo para tras una corta espera y organizarnos, subimos por esa amplísima escalera que tantas vece vemos en televisión y pasamos a un enorme salón (no sé la denominación del mismo) donde ampliamente cupimos todos y permanecimos en ella con la expectación que es fácil imaginar.

                                Pasado un tiempo no muy largo, se abrieron unas puertas laterales y que hay a la cabeza del salón y aparecen el séquito que lo acompaña y tras el mismo; el papa, con amplia sonrisa y bendiciéndonos a todos.  Efectuado ello y sin tomar asiento, se dirige a nosotros andando y prácticamente termina en medio de toda la audiencia; la que impulsivamente se arrima y apretuja al pontífice, queriéndolo tocar e incluso abrazarse a él; cosa que no le inmuta en absoluto y acepta por cuanto ninguno de los del séquito interviene para separar a tan impertinentes creyentes.

                                Mi esposa trata de acercarse y ya no puede; yo y visto desde un principio aquel espontáneo fervor; me retiro a uno de los rincones y desde allí y con toda comodidad veo el espectáculo (que reitero fue sorprendente) y luego escucho las palabras que nos dedicó; las que fueron breves pero contundentes.

                                Terminada aquella audiencia, que no duraría más de veinte minutos; se sosiega la masa y ya más tranquilos nos disponemos a salir con todo el orden en que entramos; y antes de ello yo le digo a mi esposa: “Ana, este papa se arriesga mucho, pueden atentar contra él en cualquier momento; no entiendo ese cuerpo a cuerpo tan humano y espontáneo”. Lo comenté igualmente con otros miembros del congreso.

                                No había transcurrido un mes desde que yo dijera aquello cuando en la prensa aparecía esta noticia: “El 13 de mayo de 1981 un atentado casi le cobra la vida al papa Juan Pablo II, en la plaza de San Pedro en el Vaticano”. Habían transcurrido escasos veinte días. Los que planeaban el atentado, estaban seguros de haberlo matado, puesto que ya digo; yo y profano en seguridad de personas, lo vi tan sencillo que me pareció imposible el que ello ocurriese ante la seguridad de un papa.

                                Después de la visita nos dividieron en grupos y pasamos a la basílica papal y de ello escribí… “Abruma y sorprende la magnificencia y suntuosidad de la plaza y Basílica de San Pedro, desde el obelisco que descansa sobre cuatro leones de bronce en el centro de la plaza, hasta las letras que en las altas pareces interiores (de la primera Iglesia Católica del mundo) hay, y donde, para que nos hagamos una idea… dentro de la “O” cabría perfectamente un hombre de dos metros de altura”… y entre otras muchas cosas más, que completan el relato ya citado.

                                Tras la visita que resulta agotadora, fuimos llevados a un lugar de Roma que resultó ser un palacio muy ajardinado; “Palazzo Brancaccio”, sito en el número siete de “Viale di Monte Oppio”; donde disfrutamos de muy buen yantar y en la armonía que es de suponer, en un palacio que fuera de la nobleza romana o vaticana (no lo sé, pero hay amplia información en Internet) Después se nos dio una visita panorámica por la ciudad eterna y de inmediato, regresamos al puerto de arribada y a que cada cual ocupásemos nuestros camarotes; pronto el barco levaría anclas y continuaríamos travesía hacia Nápoles.

                                Ni que decir tiene, que entonces no supuse que lo harían santo y que yo lo sobreviviría; puesto que de siempre he tenido la premonición de no hacerme muy viejo aquí; pero… “los designios de Dios parece que van por otro camino”.                               

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)

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2 Febrero 2019

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