Progreso

      Progreso… ¿pero qué progreso?                       

                                Era yo muy joven y estaba recién casado… hará pues de esto medio siglo… mis orígenes “de familia siempre en penurias, como braceros del campo”; me hicieron ansiar el tener dinero, puesto que vi muy joven que aquí en este perro mundo… “podías ser de la cuna que fueres… pero sin dinero nunca serías nada”. En esas ansias de tener; trabajando a comisión (mientras más vendiera más ganaba: nunca estuve sujeto a una nómina)… y acompañando a un también joven viajante, llegamos a un pueblecito dónde “dominando” al cliente, creí que el negocio sería seguro y por ello allí llegamos temprano… el buen hombre (“más labriego que modesto comerciante”) estaba cómodamente sentado en la trastienda, desayunando… con esa “habilidad del tratante”, y con un abuso de confianza, le insinuamos que “llevábamos prisa”, que por favor nos atendiese cuanto antes… aquel hombre y sin cambiar su siempre estado bonachón y de buen humor, nos dijo… “priesa, priesa, priesa… ¡coño! Si el tiempo es gratis y lo da Dios todas las mañanas”. Empleó la vieja palabra y no la moderna de, prisa.

                                Aquel hombre “nos dejó secos”… fue tal “la bofetada que nos dio”, que todo aquel día y días posteriores, nos tuvo a los dos, recordando lo que aquel hombre nos había dicho y la lección que nos había dado. Tan grabada quedó la misma en mi ser, que nunca la he olvidado y siempre que hay ocasión lo refiero.

                                Si bien “mis ansias de dinero” fueron frenadas hace ya “media vida de la que tengo vivida”; pero aquellas ansias me hicieron padecer de la tensión bastante joven y las secuelas coronarias que padezco, seguro estoy que provienen de aquel… “vivir, sin vivir y por los miedos humanos a tener que llegar a tener lo suficiente y luego conservarlo… al menos… y eso es lo que hice; no quise emprender más negocios. Entendí a tiempo, que… “El dinero es un medio pero nunca un fin”.

                                Aquella lección fue una de tantas y tantas, que me han dado las gentes sencillas y a las que quedo muy agradecido; puesto que tuve la suerte y el valor, de vivir siempre… “en la universidad de la vida, aprendiendo… y en ella sigo”. He vivido mucho y se lo agradezco a Dios, en el que aún creo… “Pese a todo, puesto que es muy difícil creer viendo y analizando todas las miserias y podredumbres, que se desarrollan en este minúsculo planeta”.

                                Por esas vivencias; ya he escrito bastantes veces, el que si hoy existen pueblos felices de verdad, son los que aún queden, viviendo “su vida salvaje”, en los pocos lugares selváticos que ya van quedando en este pobre mundo; pero hoy no hablaré más de ellos, sino de otros seres, que apegados a la tierra y a sus creencias religiosas; a mi entender… están dando un gran ejemplo “al mundo moderno”; son “las tribus (o comunidades) de los “Amish” norteamericanos: veamos.

            “Detrás de su devoción religiosa y su estilo de vida espartano, representan a uno de los grupos de emprendedores que más éxito ha obtenido en Estados Unidos en los últimos años. - Los primeros inmigrantes amish cruzaron el charco a fines del siglo XVIII huyendo de la persecución religiosa en Holanda. El grupo original, de unas tres mil personas, creció y se multiplicó (tal y como les pide la Biblia) y hoy son más de 270.000, en comunidades repartidas por diversos estados americanos, aunque sobre todo en Pensilvania. - Sus creencias los han convertido en símbolos de resistencia a la modernidad. Están convencidos de que la tecnología los aparta de Dios y de las relaciones humanas y, por ello, se niegan a disfrutar de comodidades cotidianas como la electricidad doméstica, el teléfono móvil o la televisión. Las radios están permitidas, siempre que funcionen con pilas. Las neveras también, pero sólo las alimentadas con gas. Pueden montar en coche, pero no conducirlo. Y los únicos vehículos en los que pueden tomar las riendas, literalmente, son los carros de caballos. Para desplazarse por la ciudad alquilan furgones y chóferes, que los transportan en grupos hasta el mercado, donde son dueños del 30% de las tiendas. - Totalmente ajenos a la revolución tecnológica, los empresarios amish no han tocado nunca un iPhone ni sabrían qué hacer con un ordenador. Tampoco han pasado por una escuela de negocios. - El tercer secreto de su éxito está en el carácter conservador de sus decisiones financieras. Los amish no hacen inversiones en publicidad. - La fórmula parece funcionar y todo indica que la nueva generación de emprendedores amish cosechará nuevos éxitos y dará de comer a un número creciente de personas. Se estima que doblarán su tamaño en diez años. No sólo tienen una tasa de natalidad elevadísima, sino también un reducido índice de abandono de su forma de vida”.

            Lo que antecede es sólo un boceto: muchas más cosas las pueden ver aquí y recuerdo que hay varias películas que han reflejado ampliamente la forma de vida de estos “peculiares cristianos”: http://www.elconfidencial.com/mundo/2014-02-04/los-amish-un-modelo-de-negocio-del-siglo-xviii-para-triunfar-en-el-xxi_84659

                                Si no como estos norteamericanos, pero… ya hay “muchas otras tribus, grupos o familias aisladas”, que volvieron o están volviendo a la sencilla vida campesina y buscando una autosuficiencia, que les permita no depender casi nada o lo mínimamente… de la brutal y ya inhumana vida de un también ya no entendible, progreso basado en la máquina y sobre todo en el ya bastante maldito ordenador y todos “sus parientes”… que como las bacterias o los virus nos van aplastando cada vez más, puesto que esa invasión cada vez más elimina la labor humana del hombre, en vez de ayudarlo a vivir mucho mejor, como embusteramente se nos asegura.

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)

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2 Febrero 2019

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