CRÓNICAS CONFUCIANAS (V)

 CRÓNICAS CONFUCIANAS (V) 

                       Decadencia, despotismo y el incierto futuro de Hong Kong  

   Marco Polo, en sus relatos de China, que el escritor Rustichello de Pisa plasmaría en el Libro de las maravillas del mundo, recuerda extasiado su estancia en Hangzhou: “Sin duda la mejor, la ciudad más espléndida del mundo”. Al parecer Marco Polo no exageraba: medio siglo después, en 1340, Hangzhou causaba la misma admiración en Ibn Battuta, el famoso viajero musulmán. 

   Unos 60 años después de la visita de Ibn Battuta la civilización que había hecho posible las maravillas de Hangzhou patrocinó sus propias expediciones, los siete viajes épicos (1405-1433) que, al mando del gran almirante Zheng He, abarcaron desde el Pacífico hasta Mombasa, en el Índico. 

   La expedición de 1433 fue, sin embargo, la última; tres años después un edicto imperial prohibía la construcción de barcos que pudieran navegar por el océano. China había decidido dar la espalda al mundo. La decadencia cultural y económica no se hizo esperar. 

   Hangzhou y Zheng He nos recuerdan un tiempo cuando China era la mayor potencia, una sociedad abierta a las influencias de todo el mundo conocido. El control, económico y político, ejercido por la burocracia confuciana, pondría fin a ese esplendor y acarrearía una pobreza que llegó a ser extrema a principios del siglo XX. 

   “¡Tanta miseria por todas partes! A veces cuando, en los barrios bajos, miro a esta muchedumbre sucia y harapienta, siento que es inútil esperar una China nueva y grande...El porcentaje de pobres aquí es más grande que lo que uno pueda imaginar en los Estados Unidos...La política en China es imposible, uno nunca sabe qué va a ocurrir, y uno nunca sabe qué cabeza va a ser la siguiente en rodar por el suelo”, escribió a una amiga estadounidense May-ling, la futura esposa de Chiang Kai-shek, en 1917. 

   Por esos años un joven confesaba: “No estoy de acuerdo con la opinión de que para ser moral el motivo de las acciones de uno tiene que ser beneficiar a otros. La moralidad no tiene por qué definirse en relación con otros... Gente como yo quiere satisfacer al máximo su corazón, y al hacerlo tiene automáticamente los códigos morales más valiosos. Por supuesto hay personas y objetos en el mundo, pero todos ellos existen sólo para mí...Gente como yo tiene sólo obligaciones hacia ella misma, no tiene ninguna obligación hacia los demás”. 

   El joven se llamaba Mao Zedong, y su egoísmo sin límites iba acompañado por la alegría que experimentaba en el tumulto y la destrucción. La armonía confuciana le resultaba aburrida. Como lector de historia prefería los períodos de guerra a los de paz, y esta preferencia de lector la trasladó a la vida real cuando, como actor, tuvo en sus manos llevarla a la práctica. El resultado fue la muerte en una escala sin precedentes: decenas de millones perecieron de hambre y revoluciones durante su mandato, sin que a él pareciera afectarle. Al contrario, a su camarilla íntima en el gobierno le confesó que no importaba que la gente muriera, incluso que la muerte debía ser celebrada. No pensaba lo mismo de la suya propia: siempre estuvo obsesionado por retrasar su llegada, evitando atentados y gozando de la mejor atención médica posible. 

   “En todo combate entre el fanatismo y el sentido común, éste último vence raramente”, Marguerite Yourcenar pone en boca de su Adriano. La Revolución Cultural de Mao –un movimiento para acabar con sus rivales políticos- constituyó el epítome del fanatismo, azuzado por Mao con una mezcla de crueldad e irracionalidad sin apenas parangón en la Historia. El número exacto de muertes se desconoce, pero se cree que fue de varios millones. Se rompieron las familias, escuelas y universidades se cerraron durante una década, se destruyó arte chino de incalculable valor, así como instituciones y símbolos de historia, sabiduría y conocimiento. No hubo un chino al que no le afectara la Revolución Cultural. 

   Xi Jinping fue uno de ellos. Su familia sufrió grandemente: su padre, un alto oficial del Partido Comunista, fue purgado por Mao y encarcelado antes de ser enviado a trabajar en una fábrica de tractores. La familia se dispersó y se cree que una hermana se suicidó. El mismo Xi estuvo vagando por un Beijing asolado por la violencia. Sin embargo, en un giro que deja perplejos a los historiadores, Xi ha alabado públicamente a Mao y desde su subida al poder ha adoptado su legado. Ha promovido, como Mao, un culto a su persona que ha desembocado en la supresión de la alternancia en el poder, establecida por Deng Xiaoping para prevenir los abusos de la era maoísta. Xi, como un emperador, se ha hecho elegir presidente de por vida. 

   De la Revolución Cultural, Xi aprendió la lección de que la violencia es condición necesaria del control autoritario de un partido único. Ha desechado la máxima de Confucio y de otros pensadores chinos de que “Ganar los corazones y las mentes del pueblo dentro y fuera de China” es la llave para convertirse en una potencia mundial respetada. Ha creído que el ansia democrática de Hong Kong se soluciona con incentivos económicos y que su lealtad se conquista con propaganda. 

   Su asociación de poder con grandeza y de disensión con traición le ha llevado a cometer un error en Hong Kong que ha causado una alarma generaliza entre la población y que  tendrá consecuencias nefastas para su sueño de recuperar Taiwán. A comienzos de 2019 pronunció un discurso en el que apeló al cumplimiento de la “tarea histórica” de unir Taiwán con la Madre Patria, por la fuerza si fuera necesario. Su fracaso en Hong Kong con el modelo de “Una nación y dos sistemas” ha dejado a la fuerza como única alternativa para lograr la anhelada unión con Taiwán. 

   El periodista Tsang Ki-fan explicó por qué los extranjeros lograron en Hong Kong lo que el gobierno de Beijing no podía o no quería. Gran Bretaña, escribió, presidió “la única sociedad china que, durante el breve período de menos de un siglo, vivió un ideal nunca realizado en la historia de las sociedades chinas, un tiempo en el que ningún hombre tenía que vivir en el temor del golpe en su puerta a media noche”. 

   Ni Taiwán, que ha logrado su democracia hace apenas dos décadas, ni Hong Kong, que la ve amenazada, están dispuestos a renunciar a ese ideal.

 
 

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2 Febrero 2019

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