Copiado del Blog de uno de nuestros lectores

Hasta hace poco tiempo, yo también era partidario de conceder la independencia a Cataluña y el País Vasco ya de una vez, indignado por las continuas ofensas contra los símbolos nacionales que allí se producen y hastiado por el asfixiante clima de crispación en que nos ha sumido el proceso independentista catalán. Sin embargo, ahora, influido sobre todo por el discurso esperanzador y sin medias tintas de Albert Rivera, el carismático líder de Ciutadans/Partido de la Ciudadanía, he cambiado de opinión y creo que tenemos la obligación moral de no dejar en la estacada a los millones de catalanes y vascos que se sienten también españoles, y de comprometernos en la protección de sus intereses y aspiraciones, que al cabo son las de todos (según la encuesta más reciente realizada por el Centre de Estudis d'Opinió, organismo que por depender de la Generalitat Catalana no es nada sospechoso de españolismo, y en todo caso de lo contrario, en febrero de 2013, el 40,7% de los encuestados se sentía al menos tan catalán como español, que fue la opción mas aceptada, por un 29,1% que sólo se sentía catalán; y según el último Euskobarómetro, de noviembre de 2012, un 45% se consideraba tan vasco como español, que allí también fue la opción preferida, por un 33% que se definía sólo como vasco). Pero tenemos que defender sus derechos como personas civilizadas, con la ley en una mano y la legitimidad que otorgan las razones en la otra.

 
Desde el punto de vista legal, la cosa está muy clara: la vigente Constitución establece que “la soberanía nacional reside en el pueblo español”; en todo, no en una parte. Idea que, por cierto, y no lo debemos olvidar, no nació ayer, sino un ya lejano 1812, cuando las Cortes de Cádiz aprobaron que “la soberanía reside esencialmente en la Nación” (la cual, según el texto, comprende también Cataluña y las Provincias Vascongadas), que “es la reunión de todos los españoles”, “y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho a establecer sus leyes fundamentales”. En cuya elaboración participaron, pudiéndolos definir sin lugar a dudas como auténticos “padres de la patria”, los catalanes Antonio de Capmany y Montpalau, Jaime Creus y Martí, Ramón Lázaro de Dou y de Bassols, que fue elegido primer presidente de las Cortes en la sesión inaugural, Francisco de Papiol y José de la Vega y Sentmenat de Agulló-Pinós, y los vascos Manuel Aróstegui Sáenz de Olamendi y Miguel Antonio de Zumalacárregui e Imaz, hermano mayor del célebre general carlista Tomás de Zumalacárregui, que fue uno de los secretarios de las Cortes y en 1813 presidente de las mismas, teniendo un papel bastante relevante en la redacción de la Constitución de 1812. Y por si esto no fuera suficiente para demostrar que al menos una parte de vascos y catalanes también estuvieron de acuerdo en que la soberanía nacional residía en el conjunto del pueblo español, recordemos que el catalán Francisco Milans del Bosch Arquer, que por mucho que les duela a los señores Mas y Junqueras era tan catalán como sus antepasado, y el navarro Francisco Espoz Ilundain (que incluyo porque si los nacionalistas vascos consideran a Navarra parte integrante de Euskadi, lo debe ser para lo que les conviene y para lo que no) se sublevaron contra Fernando VII con el fin de restaurar la Constitución de Cádiz.
 
Por lo demás, la Constitución Española de 1978 fue aprobada en referéndum por una amplia mayoría de catalanes, nada menos que el 91% del 67,91% de los ciudadanos con derecho a voto que acudieron a las urnas. Y les recuerdo que el sí fue apoyado también por los partidos nacionalistas que más tarde confluyeron en CiU, a sabiendas de que no recogía en su articulado el derecho a la autodeterminación y sí dejaba bien establecido su complejo proceso de reforma.
 
En cuanto a lo acontecido en el País Vasco, donde triunfó la abstención y por tanto no fue ratificado el texto constitucional por la ciudadanía, sería de necios no achacar una parte no menuda de la responsabilidad del fracaso a que la libertad de los vascos se encontraba secuestrada por ETA y sus acólitos. Al propugnar el PNV la abstención en el referéndum, automáticamente cualquiera que desease ir a votar a favor de la Constitución sin haber mostrado un mínimo de afinidad nacionalista, se encontraría de pronto, especialmente en los pueblos, con la posibilidad nada remota de ser señalado con el dedo y acusado de españolista, lo que significaba que iban a sufrir el acoso y la violencia psíquica, y en demasiados casos también la física, de los proetarras (lo que ha motivado que decenas de miles de vascos hayan tenido que abandonar su tierra para escapar de lo que bien se podría calificar como limpieza ideológica). Téngase en cuenta para calibrar convenientemente las circunstancias que rodearon el proceso electoral en el País Vasco, que en abril de 1978, más de medio año antes, se constituyó la coalición Herri Batasuna, es decir, el brazo político de los terroristas, que bien sabemos la influencia decisiva que ha tenido para mantener amordazada a la opinión pública vasca. Además, justo en ese año se quita ETA la máscara de luchadores por la libertad con que se habían presentado ante el mundo y muestra su auténtico rostro de bestia totalitaria: quien osa plantarme cara entra en mi lista de objetivos. Porque es entonces cuando da un salto cualitativo y cuantitativo en su actividad criminal, pasando de 12 asesinatos cometidos en 1977 a 64 en 1978, incluyendo en su tétrica nómina no sólo a militares, policías, guardias civiles y políticos vinculados con el franquismo, sino a un buen número de componentes de la sociedad civil, entre los cuales periodistas, obreros, taxistas y empresarios. Ha nacido la socialización del terror. En esas circunstancias, cualquiera que pretendiese votar a favor de la Constitución sin haberse destacado como nacionalista, se hallaba inexorablemente expuesto a que se pintase un punto de mira sobre su nombre, con todo lo que eso conllevaba.
 
¿Qué hubiera sucedido si el PNV hubiese apostado por el voto el blanco? Sin duda alguna, un resultado muy distinto. Extrapolando los resultados de las elecciones al Congreso de los Diputados de junio de 1977, en las que se produce una abstención técnica del 22,77% y el PNV obtiene 296.000 votos, a diciembre de 1978, si las cuentas no me fallan me sale que unas 160.000 personas que se abstuvieron en el referéndum muy bien pudieron haber sido partidarias del sí pero no se atrevieron a tentar a la suerte de que etarras y proetarras convirtiesen su vida en un infierno en la tierra, con lo que al final el voto afirmativo hubiera superado con mucho al negativo (propugnado no sólo por los partidos indepedentistas, sino también por Alianza Popular, que en 1977 obtuvo 71.909 votos en el País Vasco) sumado a la abstención política, y los votantes hubieran igualado en número a los que no quisieron ejercer su derecho al voto (y eso sin contar a los simpatizantes del PNV, que seguro que los había, que hubiesen obtado también por el sí pero que no acudieron a las urnas para no acabar siendo retratados como traidores). En resumidas cuentas, estoy convencido de que el pueblo vasco también hubiera aprobado la Constitución de 1978 en un clima de absoluta libertad de voto, de igual modo que en 1976 aprobó en referéndum la Ley para la Reforma Política a pesar de que el PNV también llamó a la abstención (627.499 votos a favor, por 22.956 en contra y 589.625 abstenciones). En todo caso, el día en que aprobó su estatuto de autonomía, por derivarse éste de la Constitución, implíticamente la estaban sancionando también, pues como se indica en su articulado, “se constituye en Comunidad Autónoma dentro del Estado español bajo la denominación de Euskadi o País Vasco, de acuerdo con la Constitución...”
 
De cualquier manera, tendrían que intentar conseguir la independencia respetando el procedimiento establecido en el texto constitucional que en su día ratificó el pueblo catalán (y el vasco, si se lo hubieran permitido los violentos); ya conocen el camino. No es imposible, torres más altas han caído: recuerden que las cortes franquistas se autodisolvieron y dieron paso a la democracia. Pero no les interesa, aunque sería más correcto decir que a falta del respaldo plebiscitario que supondría la mayoría excepcional que pidió Artur Mas, se dejan mecer por los vientos insurreccionales que proyecta ERC, prefiriendo apelar a los derechos que se arrogan por ser una comunidad cultural diferenciada (como me decía un compañero de mili, “somos una nación, tenemos una lengua”) y porque Wifredo el Belloso y sus sucesores gobernaron su tierra mucho antes de que los Reyes Católicos uniesen dinásticamente Castilla y Aragón como reyes de España.
 
A primera vista no parece faltarles razón, pero si lo analizamos en profundidad nos daremos cuenta de que ambos argumentos no cuentan con tanta solidez como aparentan. Empecemos por la memoria histórica. La primera vez que se constituyó en la vieja piel de toro una organización político-administrativa definida, radicalmente distinta de las tribus o alianzas coyunturales de tribus (dejando aparte a un Reino de Tartesos irreconocible a través de las brumas del pasado más remoto), aunque fuese supeditada a una autoridad foránea, lo hizo en su totalidad y bajo el nombre de Hispania, que derivaría con el tiempo en el de España. Incluyendo, como no podía ser menos, las áreas habitadas por protocatalanes y vascones. Y así anduvieron nuestros ancestros la friolera de más de 400 años, unidos todos bajo el denominador común de hispanos. Y quien no se lo crea, que mire el mapamundi de Ptolomeo y podrá contemplar un nítido Hispania grabado sobre la Península Ibérica. Por cierto, los últimos estudios sobre el origen del nombre apuntan a los fenicios, con lo que debe ser bastante más antiguo de los que siempre se ha supuesto.
Con el devenir de los siglos asistimos a la segunda “unidad nacional” con la consolidación de un reino visigodo hispano y soberano con capital en la imperial Toledo. Este pueblo germano, que se asienta en España como aliado de Roma para defenderla del pillaje de vándalos, suevos y alanos, pacto que otorga visos de legalidad a sus conquistas tras la caída definitiva del Imperio, y lo convierte de facto en su sucesor, vencerá a los demás poderes que controlan parte de la península (especialmente suevos y bizantinos) y se convertirá en su dueño exclusivo, conducido por Suintila, en el primer tercio del siglo VII, unos cuantos siglos antes de que los Condados Catalanes alcanzasen la independencia (por cierto, Barcelona fue durante un tiempo sede de la corte visigoda).
 
¿Y los vascos? Según los apologistas de su independentismo, ellos siempre conservaron su libertad y permanecieron insumisos frente a tirios y troyanos. ¡Error!, Roma nunca lo hubiese permitido (en aquel tiempo los vascos habitaban la actual Navarra y las zonas adyacentes de Guipúzcoa, La Rioja y Aragón). Si algo caracterizaba al imperialismo romano es que no dejaba un conflicto a medias, llegaba hasta el final. Y si hacía falta mandaban a sus mejores legiones, como en la campaña de exterminio que sostuvieron durante diez años contra astures y cántabros, o en la guerra interminable que acabó con la destrucción de Numancia, en las que los vencidos no podían esperar más que la muerte o la esclavitud. Más tarde, durante los estertores del Imperio Romano, sin buscarlo ni luchar por ello se encontraron de pronto los vascones con que los ocupantes habían retirado sus funcionarios y tropas con el fin de hacer frente a las hordas bárbaras que se estaban expandiendo por todas partes, justo el mismo acontecimiento histórico que dio origen a la leyenda de Arturo y sus caballeros cuando los britanos tuvieron que hacer frente por sí solos a anglos y sajones.
 
Aducen para justificar sus argumentos la pervivencia de su idioma. Pero no sirve, por la sencilla razón de que a los romanos les daba igual la lengua que hablases o los dioses ante los que te postrases mientras pagaras puntualmente tus impuestos y reconocieras la autoridad de Roma (hay que distinguir entre dominar y romanizar). Por esa razón el arameo se siguió hablando en Siria-Palestina, el griego en toda el área oriental, el libio (origen del bereber) en todo el norte de África, el tracio en los Balcanes y el isaurio en Asia Menor. Es más, no siempre opresión ha sido sinónimo de desculturación, como se aprecia claramente en el hecho de que entre los indios de Centro y Sudamérica se siguen conservando sus hablas (como el quechua y los dialectos mayas), a pesar de que los conquistadores españoles (entre los cuales un buen número de vascos) impusieron su fe y sus costumbres con la espada en la mano.
 
Luego viene el orgullo de haber sido azote de visigodos, los cuales tuvieron que mandar expediciones de castigo año tras año para mantenerlos a raya. O al menos eso es lo que parecen afirmar las noticias que disponemos sobre ese período de nuestra historia, escasas, extemporáneas y en muchos casos confusas, ya que las mismas hablan también de operaciones de castigo contra astures y otros pueblos peninsulares, y de continuas rebeliones de gobernadores provinciales visigodos (en todo caso nada excepcional, pues lo mismo solía ocurrir en los estados francos, al otro lado de los Pirineos). Independientemente de si el término “domuit vascones” (subyugó a los vascones) significa que los visigodos jamás dominaron a las tribus vascas o es una referencia a operaciones de castigo contra hordas de esa raza dedicados al pillaje (a imagen de las bagaudas, bandas que se mueven entre la revuelta social o el puro bandidaje, como los esclavos fugitivos de Espartaco, que asolaron la Galia e Hispania entre los siglos III y V, las cuales llegaron a apoderarse de Zaragoza y saquear Lérida), tenemos constancia de que Leovigildo fundó una ciudad llamada Victoriacum para controlarlos tras haberlos vencido, que tradicionalmente se ha identificado con Vitoria o Iruña-Veleia, a 11 kilómetros de la capital alavesa (aunque actualmente se habla del pueblo cercano de Vitoriano, en el municipio de Zuya). Dejando a un lado esta polémica, resulta contradictorio que los vascos no pudiesen ser conquistados por los visigodos de habérselo tomado en serio, y que sin embargo cayesen bien pronto bajo la autoridad del Reino de Asturias, que en comparación con el de Toledo era un estado de tercera división.
 
¿El idioma hace la nación? Yo pienso que no, que la nación la crea la Geografía, así, con mayúsculas. Es ella la que esculpe las grandes unidades naturales en que las gentes tienen que convivir, independientemente de la lengua que hablemos o de las ropas que nos vistan. Lo demás no son más que accidentes de la Historia. Porque si hoy hablamos castellano, catalán, vasco, gallego o valenciano es por una simple casualidad del destino, y más teniendo en cuenta que España ha sido explotada, colonizada o invadida por griegos y fenicios, cartagineses y romanos, godos y sarracenos. Perfectamente podríamos estar hablando hoy todos los hispanos púnico o árabe. Pero lo que no cambiará durante los próximos milenios es la existencia de una unidad geográfica bien definida conocida como Península Ibérica, la Hispania histórica. E incluso me atrevo a ir más allá, porque cuando la Humanidad desaparezca, Hispania seguirá inalterable en su sitio, sometida tan sólo a los caprichos de la deriva continental. Como las demás grandes unidades geográficas: Italia, Galia, Germania, Corea, Suiza y un largo etcétera. Y es precisamente Suiza la que nos demuestra que la geografía prima sobre los avatares históricos, pues no conozco a ningún natural del país o extranjero que afirme que es una unidad artificial, y eso a pesar de que en ella se hablan cuatro lenguas autóctonas, algunas tan diferentes entre sí como el francés y el alemán.
 
En resumidas cuentas, dos veces forjó España su unidad nacional muchos siglos antes del surgimiento del Condado de Barcelona o el Señorío de Vizcaya. Por tanto, desde un punto de vista estrictamente histórico, la soberanía nacional debe recaer en el conjunto del pueblo español porque la primera entidad político-administrativa que surgió en España fue la Hispania romana, continuada después ya como reino independiente por los visigodos, sus sucesores legítimos al haberse asentado aquí en virtud de una alianza sellada con Roma. En cuanto al derecho natural, difícilmente se puede aportar mejor aval que la tierra delimitada por los Pirineos y el mar, y respecto a la cuestión lingüística, por mucho que los nacionalistas pretendan ahondar en el hecho diferencial, un pescador de Tarragona y uno de Vigo sólo se diferencian en su lengua y en la bravura del mar en el que deben faenar, un ganadero de Guipúzcoa y uno de Extremadura sólo en su lengua y en el clima que condiciona los pastos, y un empresario de Madrid y uno de Barcelona sólo en su lengua.
 
En otro orden de cosas, creo que sería no sólo interesante, sino incluso conveniente, conocer la tolerancia de quienes pretenden romper la unidad de una de las naciones más antiguas de Occidente respecto a quienes podrían intentar desmembrar su patria, amparándose sólo en el derecho a decidir de una colectividad con personalidad propia. Me refiero a la posibilidad nada remota de que en una Cataluña libre soliciten los habitantes del Valle de Arán, que se rigieron por fueros particulares hasta el siglo XIX y disponen de lengua propia, y entre los que anida cierto sentimiento anticatalán, el derecho a la independencia. ¿Serían entonces los políticos nacionalistas catalanes tan consecuentes como para aceptar que elijan su destino por sí solos, o se lo negarán amparándose en que es una decisión que compete a todos los catalanes...? No me hagan mucho caso, pero me huelo que la segunda opción es por la que se decantarían los implicados.
 
Para concluir, sólo quiero incidir en la idea de que el único marco jurídico que puede garantizar nuestra convivencia en el marco geográfico en el que nos ha tocado vivir es la vigente Constitución, la única que ha sido hija del consenso durante la atormentada historia constitucional de España. Hay que reformarla en profundidad, de eso no me cabe ninguna duda, pero no hay que matarla, porque al otro lado sólo nos espera la imposición de su doctrina por el grupo ideológico dominante en cada momento, y eso, se mire como se mire, no puede ser bueno.....

Noticias

En 2016 solo se efectuaron 60.000 DESAHUCIOS, el Prtido Popular nos asegura que la CRISIS SE ACABO pero LOS DESAHUCIOS CONTINUAN.

La LEY MORDAZA VA EN CONTRA DE LOS QUE DENUNCIAN LA CORRUPPCIÓN Y PROTEGEN A LOS CORRUPPTOS Y A LOS CORRUPPTORES.

El PP y la BANCA MANO A MANO EN DEFENSA DE LOS CIUDADANOS.

 

 

Su obra maestra es la LEY MORDAZA

 

Este INDECENTE se fue a Las Vegas en busca de Dios, después de mucho buscar lo encontró FINALMENTE COMULGANDO ENTRE LAS PIERNAS DE UNA PUTA. wb

 

Lo de la LEY MORDAZA nos trae de calle ya que NO PODEMOS DECIR LO QUE VERDADERAMENTE PENSAMOS DE ESTE NAZI HIJO DE PUTA

 

http://www.wikiblues.net/el-neonazi-de-fern%C3%A1ndez-d%C3%ADaz-no-tiene-ni-puta-idea-de-lo-que-hace

 

Haz lo que otros no hacen, salva una vida. Gracias en nombre de todos
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Con pocos Euros y un par de clicks puedes salvar una vida hoy, si no lo haces es por que no quieres. Gracias en nombre de todos.
Cada 5 segundos muere un niño de hambre, no puedes salvar a todos pero por lo menos uno? Gracias en nombre de todos.
Para salvar una vida no hay mínimos, da lo que quieras. Gracias en nombre de todos.
En este App Store puedes salvar una vida con 99 centimos de Euro, pero si quieres puedes pagar 1 Euro. Gracias en nombre de todos.
Salva una vida y mirate al espejo, veras que diferencia. Gracias en nombre de todos.
Cuesta menos salvar una vida que una tapa, prueba este sabor. Gracias en nombre de todos.
Dona 1 Euro, gana una vida. Quien te da mas? Gracias en nombre de todos.
Para dar 1 Euro o 2, no hace falta pensarlo tanto. Gracias en nombre de todos.
El salvar una criatura de la muerte por hambre, no tiene precio. Aqui lo puedes hacer por un par de Euros. Gracias en nombre de todos.
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