AGF Cartas con un drogadicto ya muerto IX

PRIMER RELATO: (AÚN ESTOY EN MURCIA): Hace una década...             Aunque la memoria me juega malos momentos. Sí que recuerdo que aquella tarde, se había ido al traste con la lluvia. Por este motivo y excepcionalmente, me ubiqué a las puertas de ‘Galerías Preciados’[1] e iba pidiendo a las personas que entraban o salían.

            Cuando el que pide (limosna) está parado, apenas tiene tiempo para hablar al transeúnte, por tanto usamos una gorra y el simple ademán de extender el brazo, ello lo dice todo sin palabras. Llevaba allí cerca de una hora y pocas monedas faltaban para completar dos mil pesetas. De improviso ante mí, una señora muy delgadita, pequeña de estatura y que era, prácticamente arrastrada por dos pequeños canes. Introdujo como pudo una mano en su bolso, y entre el tira y afloja de sus animales, depositó en mi gorra tres mil pesetas y me dedicó una sonrisa.

            Sinceramente agradecido le di las gracias y sin ninguna premeditación; le espeté. ¡¡Que Dios se lo pague señora!!

            Yo no sé por qué motivo, esta mujer, ‘fue tocada”, pero deteniéndose a mi lado, comenzó por preguntarme mi nombre y por mi situación. Sin premeditarlo (insisto), le contesté lo habitual... en busca de trabajo, no tenía medios ni dinero, etc.; al cabo de unos minutos de charla, la señora me dijo que la esperara quince minutos y me traería alguna cosa...?

            En ocasiones otras personas compraban fruta, cuchillas de afeitar; en fin ‘éstas cosas”... y nos las entregaban metidas en una bolsa. Pensé que la señora haría lo mismo. Y seguí pidiendo mientras esperaba. Estaba contento pues el dinero que me había entregado la señora, había hecho subir mi ‘bolsa’.

            Fueron pasando los minutos, incluso más de los quince previstos; llegué a pensar el que ya no volvería. Sin embargo en la distancia, apareció su figura encorvada, arrastrada por sus perritos, se fue haciendo cada vez más y más grande.

            Pidiéndome disculpas, por la tardanza, de nuevo se detuvo a mi lado. Volvimos a conversar, me preguntaba por mi familia, le dije que estaba casado y que buscaba fuera de Asturias, el trabajo que allí faltaba (repito que era el “rollo”[2], habitual nuestro). Se la notaba una mujer muy religiosa; observé cómo le brillaban los ojos, solamente por mencionar a Dios o a Cristo. Sea como fuere, le gusté y le di pena; metió de nuevo la mano en su bolsillo y sacando esta vez un sobre, me lo puso en las manos y me dijo, que pasara bien la inmediata Semana Santa.

            Cuando mi mano tocó el sobre, sentí un gran escalofrío; aquello abultaba demasiado y ya nervioso y emocionado, me deshice en agradecimientos y más agradecimientos. Al final la despedida; la señora se fue feliz y ello se le notaba claramente... y yo, me quedé más feliz aún por aquella gran sorpresa.

            Dejé ‘mi puesto’ y me acerqué a un rincón, abrí el sobre y quedé anonadado, puesto que aquel sobre contenía... ¡¡Sesenta mil pesetas!!

            Fue increíble, busqué a mi compañero[3] y disfrutamos durante unos días de tan pequeña fortuna. Pocos días, pues como siempre, la heroína se llevaba la mayor parte de nuestros ingresos. Cuando se acabó el dinero, fue entonces, sí... fue cuando mi cabeza empezó a pensar y a pensar en la señora. Ahora sí que premeditaba buscar un encuentro con ella.

            La busqué un día y otro, y otros más por la ciudad; me parecía verla desde lejos y me equivocaba. Tardé quince días en dar con ella  y al final, la divisé paseando no a dos, sino a un solo perrito.

            No me acerqué a ella, sino que la seguí, averiguando sus recorridos y su domicilio. Así me retiré aquel día a mi cubil. Llamo cubil, a una dependencia que usamos para pernoctar. Éstas suelen pertenecer a casas antiguas, cerradas y generalmente en peligro de hundimientos inesperados.

            En nuestro argot, al cubil particular se le llama o denomina... “chupano”.

            La señora, cuyo nombre, hoy, me es imposible recordar; resultó ser una ex funcionaria, retirada por no sé qué ‘temas médicos’. Soltera y cercana su edad a los sesenta años; cuidaba de su anciana madre y sus animales.

            Conocida de los pedigüeños del lugar, era constantemente acechada.

            Su obsesión (enfermedad) era la de socorrer con limosnas a quienes a su paso encontraba. Supe con el tiempo, que esto empezaba a causarle problemas y mermas en su patrimonio. Creo recordar un comentario de ella en el sentido de haber repartido ya, varios millones de pesetas, del patrimonio de su anciana madre.

            Religiosa en extremo, era amonestada por su confesor de continúo, por esa costumbre suya de dar limosnas de tal manera. Entendía este sacerdote, que la Iglesia, debería ser el instrumento, que recogiera los “donativos” y los distribuyera.

            Al día siguiente, de haberla, por fin encontrado, me coloqué en su camino, a pedir. Cuando la señora me distinguió, se apresuró a llegar hasta mí; en mi hipocresía yo hacía como que no me daba cuenta de su llegada.

            Al llegar me dijo: ¿Usted es Javier?

            ¡Eh!, sí, señora, sí. Y otra vez, ‘el pez mordió el anzuelo’.

            Eso es lo que sentía yo, en aquellos momentos... me dio cinco mil pesetas y puesto que tenía que hacer, me citó para esa misma tarde, en el Paseo Principal.

            No voy a aburrirle con situaciones repetidas durante meses; yo siempre encontraba la manera para que ella se apiadara de mí. Que si estaba enfermo, que si mi mujer necesitaba en Asturias, que si quería tramitar o coger una pensión, etc. Empleaba toda mi inteligencia y mis artes de embaucador. Le hablaba (yo, a ella) de Dios y sus ojos parecían estallar de gozo.

            Contabilicé el dinero que me dio en múltiples entregas... y ya pasaba de las seiscientas mil pesetas.

            A pesar de carecer de vergüenza (dignidad), llegó el momento en que comprendí, que aquello debía terminar. Las últimas noventa mil pesetas, me las dio para yo poder viajar a Canarias.

            Nunca me pidió nada, disfrutaba como ya dije y me aproveché; creo que antes lo hicieron otros y después de mí, supongo que también otros muchos se aprovecharían.

            Hoy a finales de 2000, no sé qué habrá sido de aquella señora, pero sí, sé... que siempre estará en mi corazón. Nunca podré olvidarla.

            Si en verdad hay ‘Justicia Divina’; aquella señora, será premiada, por su ‘loca bondad’... Y para mí, como es natural, el castigo para quién abusó de esa bondad.

            Espero, D. Antonio, no haber sido ‘un plasta’.[4] A mí me sienta bien escribir, y así descargar (con ello) mi conciencia. 

 

(firma)

 

PD.: Estoy dispuesto aclarar cualquier cosa. Corríjame, si es necesario; se lo agradeceré.

*********************

 

            En esta parte de “nuestras cartas”, se ve cómo estos ya “pobres diablos” (por catalogarlos con cierta piedad) estudian formas y maneras de obtener el dinero que necesitan para sus dosis ya habituales de las drogas que tomen; y las que llegan a extremos, que ya se irán viendo a lo largo de estos relatos, que hay para “tiempo”. (Continuará más adelante)

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)

 


[1]  Grandes almacenes hoy desaparecidos como tales pero absorbidos por otro ‘monstruo’ comercial.

[2]  ‘Rollo’ ó ‘cantinela’ que como un disco rallado, repiten todos los pedigüeños cada cual con la suya propia.

[3]  Se desprende que pedían limosna dos ‘compañeros de fatigas’ y de forma habitual.

[4]  Plasta: pesado, aburrido, inaguantable, etc.

 

 

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2 Febrero 2019

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